23 February 2007
Violencia de Género
He llamado a un buen amigo mÃo que es judÃo y le he preguntado si le
parecÃa apropiado que emplease el término Holocausto para calificar la
violencia que se ejerce contra las mujeres en todo el mundo. Al principio se
sorprendió. Pero cuando le leà las cifras de un informe publicado por el
Centro para el Control Democrático de las Fuerzas Armadas en marzo de 2004, asintió sin dudarlo.
Existen en todo el mundo entre 113 y 200 millones de mujeres
demográficamente desaparecidas. Cada año, entre 1,5 y 3 millones de mujeres y niñas pierden la vida como consecuencia de la violencia o el abandono por razón de su sexo. Como decÃa The Economist del pasado 24 de noviembre, “cada periodo de dos a cuatro años, el mundo aparta la vista de unrecuentode vÃctimas equiparable al Holocausto de Hitler”.
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¿Cómo es posible que ocurra algo as� He aquà algunas de las razones.
- En los paÃses donde el nacimiento de un varón se considera un regalo
y el de una niña una maldición, se recurre al aborto y el infanticidio
selectivos para eliminar a las niñas.
- Las niñas mueren de forma desproporcionada por abandono, porque los
alimentos y la asistencia médica se destinan antes a sus hermanos, padres,
maridos e hijos.
- En los paÃses en los que se considera a las mujeres propiedad de los
hombres, los padres, hermanos y maridos las asesinan por atreverse a escoger sus propias parejas. Son los llamados asesinatos “de honor”, aunque el honor tiene poco que ver en el asunto. A las novias jóvenes cuyos padres no pagan dinero suficiente a los hombres que se han casado con ellas se las mata; son las llamadas “muertes por dote”, pero no son muertes; son asesinatos.
- El brutal tráfico sexual internacional de chicas jóvenes mata a un
número incalculable de mujeres.
- La violencia doméstica causa la muerte de un gran número de mujeres
en todos los paÃses del mundo. Las mujeres entre 15 y 44 años tienen más
probabilidades de ser asesinadas o heridas por sus parientes masculinos que
de morir debido al cáncer, la malaria, los accidentes de tráfico o la
guerra, todos juntos.
- Se concede tan poco valor a la salud femenina que, cada año,
aproximadamente 600.000 mujeres mueren al dar a la luz. Como destacaba The Economist, esa cifra equivale a un genocidio como el de Ruanda cada 12
meses.
- Cada dÃa, 6.000 niñas sufren la mutilación genital, según Naciones
Unidas. Muchas mueren. Otras sufren dolores atroces durante el resto de su
vida.
- Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada cinco mujeres
tiene probabilidades de ser vÃctima de una violación o un intento de
violación a lo largo de su vida.
El genocidio consiste en el exterminio deliberado de un gran número de
personas. Y esto es genocidio. No son unos asesinatos silenciosos; todas las
vÃctimas proclaman a gritos su sufrimiento. Y no es que el mundo no oiga
esos gritos; es que nosotros, los demás seres humanos, preferimos no prestar
atención.
Resulta mucho más cómodo ignorar estas cuestiones, sobre todo cuando
se trata de problemas tan extendidos y -para muchos lectores de periódicos-
tan lejanos. Con frecuencia lo hacen las propias mujeres. Traicionamos a
nuestras congéneres. Muchas veces somos las primeras en apartar la vista. O
incluso participamos, al favorecer a nuestros hijos y descuidar el cuidado
de nuestras hijas. Contemplamos con recelo a otras que tienen el valor de
intentar denunciar la dura realidad a la que se enfrentan las mujeres en
todo el mundo.
Examinemos de nuevo la lista. Todas las cifras son cálculos
aproximados. Casi nunca hay cifras exactas en este terreno; documentar la
violencia contra las mujeres no es una prioridad en la mayorÃa de los
paÃses. ¿Cuántos tribunales se han creado para juzgar a quienes cometen
estos crÃmenes? ¿Cuántas comisiones de la Verdad y la Reconciliación se han
instituido? ¿Cuántos monumentos nos recuerdan que debemos llorar la muerte
de estas vÃctimas? ¿Acaso las mujeres son bienes desechables, no del todo
personas?
Mientras, puedo oÃr las excusas habituales. “En realidad, no sabemos
si es una aniquilación sistemática”. “Es su religión, y a muchas mujeres no
parece queles preocupe pertenecer a esa religión”. “No se puede atacar la
cultura de la gente”. “Es una desgracia para las vÃctimas, pero, en tiempos
de guerra y pobreza, la gente muere”.
Pero el mundo no está volviéndose más violento; al menos, no para los
hombres. Como destaca The Economist del 24 de noviembre, el mundo está
volviéndose palpablemente más pacÃfico. El número de guerras entre paÃses y
guerras civiles en el mundo disminuyó en un 40% entre 1992 y 2003. Los
conflictos más mortÃferos -los que se cobran más de 1.000 vidas- se
redujeron en un 80%. Entre 1991 y 2004 se iniciaron o reiniciaron 28
conflictos armados, pero se contuvieron o apagaron 43, según la citada
publicación.
Y la pobreza tampoco tiene mucho que ver. Los paÃses ricos también
persiguen a las mujeres. En Arabia SaudÃ, las mujeres no pueden votar; no
pueden salir de su barrio o su paÃs sin permiso del padre o el marido; no
pueden trabajar, ni escoger a su esposo, si no lo autoriza su guardián. En
el mejor de los casos, equivalen a animales de compañÃa, y en el peor, son
esclavas domésticas; pero nunca son iguales. Y, sin embargo, a nadie se le
ocurre decir que Arabia Saudà es pobre, salvo en términos culturales.
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Nos enfrentamos a tres grandes retos.
En primer lugar, las mujeres no estamos organizadas ni unidas. Las
mujeres de los paÃses ricos, que disfrutamos de la igualdad bajo la ley,
tenemos la obligación de movilizar a nuestras hermanas. Nuestra indignación
y nuestras presiones polÃticas son las únicas armas que pueden promover el
cambio.
Luego están las fuerzas del oscurantismo. Los islamistas están
empeñados en revivir y extender una serie de leyes brutales y retrógradas.
En los paÃses en los que imponen la ley coránica de la sharia, a las mujeres
se les expulsa del ámbito público, se les niega la educación y se les obliga
a pasar toda su vida como esclavas domésticas. La lucha para combatir el
islamismo es una lucha para salvar a las mujeres en cuerpo y mente.
En tercer lugar, los relativistas culturales y morales socavan nuestro
sentimiento de indignación moral cuando defienden la idea de que los
derechos humanos son una invención occidental. Los hombres que maltratan a
las mujeres hacen uso casi constante del vocabulario que amablemente les
proporcionan esos relativistas al reivindicar el derecho a regirse por un
sistema de valores distinto -”asiático”, “africano” o “islámico”- en
relación con los derechos humanos. De acuerdo con este punto de vista,
cuando los maridos, los padres y los hermanos pretenden que las mujeres
somos posesiones suyas, están expresando su cultura o su religión, y hay que
respetarles.
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Tenemos que luchar para cambiar esa mentalidad. Una cultura que corta
los genitales de las niñas, daña sus mentes y justifica su opresión fÃsica
no es equiparable a una cultura que considera que las mujeres tienen los
mismos derechos que los hombres.
El 8 de marzo fue el DÃa de la Mujer. En ese dÃa, todos los años,
celebramos nuestros triunfos y condenamos nuestro sufrimiento. Pero un dÃa
no es suficiente. Necesitamos más de un dÃa, más de un año, más de un
decenio. NecesitarÃamos todo un siglo para luchar contra el generocidio.
Ni siquiera cuando buscan sinceramente la paz se dan cuenta los
hombres que nos gobiernan -porque, en su abrumadora mayorÃa, son hombres- de que, mientras exista la guerra contra las mujeres, la humanidad no tendrá nunca paz. Si se nos niega la educación, transmitiremos nuestra ignorancia a nuestros hijos. El abandono de las mujeres perjudica a la sociedad entera.
Cuando nos violan concebimos en medio de la humillación, y
transmitimos nuestra rabia a nuestros hijos. Si no nos quieren, tampoco
nosotras podemos querer; y si no nos cuidan, también nosotras descuidamos.
Las mujeres tratadas con crueldad engendran mercenarios y opresores. Si nos
destruyen, destruimos. Ante este horror, me siento tan impotente como
cualquiera, pero sé que, para acabar con él, vamos a necesitar mucha más
energÃa y vamos a tener que centrarnos. Hay tres primeros pasos que podrÃan
dar los dirigentes mundiales para empezar a erradicar el asesinato en masa
de las mujeres.
     - Que un tribunal de justicia como el de La Haya busque a los 113-200
millones de mujeres y niñas desaparecidas. Transformar las cifras en rostros
y nombres contribuirá enormemente a erradicar la violencia.
      - Es urgente un serio esfuerzo internacional para documentar con
exactitud la violencia contra las mujeres y las niñas, paÃs por paÃs, y
denunciar la realidad de sus intolerables sufrimientos. En los dos últimos
siglos, los occidentales han cambiado gradualmente la forma de tratar a las
mujeres. Como consecuencia, Occidente disfruta de más paz y progreso. ConfÃo en que el Tercer Mundo emprenda ese mismo esfuerzo en este siglo que comenzamos. Igual que acabamos con la esclavitud, debemos acabar con el generocidio.
      - Por último, necesitamos una campaña mundial contra las culturas que
permiten este tipo de crÃmenes. Las culturas que defienden la eliminación
fÃsica de las niñas recién nacidas, que no las alimentan ni las cuidan, que
niegan a las mujeres el derecho a gobernar su propio cuerpo y no las
protegen de ninguna forma contra los peores maltratos fÃsicos, todas esas
culturas deben reformarse. No son miembros respetables de la comunidad de
naciones. Hay que nombrarlas y cubrirlas de vergüenza.
      *Ayaan Hirsi Alà es diputada holandesa y autora del libro Yo acuso.
Este texto, publicado en “El PaÃs” de Madrid, es el discurso que pronunció
en Alemania el DÃa de la Mujer. Traducción de MarÃa Luisa RodrÃguez Tapia.
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